PROTEGER LA INFANCIA EN TIEMPOS DE LIKES, FILTROS Y PANTALLAS
La infancia, tal y como la hemos entendido siempre, parece estar cambiando poco a poco. Actividades como jugar, aburrirse, imaginar, equivocarse sin que nadie mire o hacer preguntas sin miedo al ridículo ya no ocupan el mismo lugar que antes. Hoy compiten con pantallas en todas partes, vídeos de pocos segundos, filtros que cambian la cara y una presión constante por gustar, encajar y parecer mayor antes de tiempo. En este contexto, surge una pregunta que cada vez resulta más necesaria: ¿qué significa realmente proteger la infancia en la actualidad? ¿Hasta qué punto estamos haciéndolo bien? Porque a veces tengo la sensación de que nos hemos acostumbrado tanto al ritmo de todo esto que hemos dejado de preguntárnoslo.
No digo esto desde una postura de “las redes son malas” o “antes todo era mejor”, porque la realidad no es tan simple. El mundo digital existe, forma parte de la vida de todos y no va a desaparecer. Los niños de hoy nacen y crecen conectados, y eso es algo con lo que hay que convivir. Pero aceptar que la tecnología existe no significa asumir que todo vale o que da igual cuándo llega cada cosa. Hay una clara diferencia entre usarla de forma consciente y dejar que ocupe todos los espacios sin ningún criterio. La infancia necesita tiempo: tiempo para construir quién es uno, para equivocarse sin sentirse observado y para crecer sin estar comparándose constantemente con lo que aparece en una pantalla. Debería haber en ella algo de refugio, de intimidad y de calma. Un espacio donde un niño pueda simplemente ser él, sin tener que demostrar nada ni estar pendiente de cómo le ven los demás.
Lo que más me preocupa, en realidad, no es solo lo que los niños ven, sino cómo empiezan a verse a sí mismos. Cuando una infancia crece rodeada de aprobación inmediata, imágenes retocadas y exposición constante, existe el riesgo de que aprenda demasiado pronto que gustar es más importante que ser, que lo de fuera tiene más valor que lo de dentro y que lo que no se muestra casi no existe. Es una manera de entender el mundo muy concreta, muy presente en las redes, y especialmente peligrosa cuando entra en una cabeza que todavía está formándose. Hablamos de niños que aún no saben muy bien quiénes son ni quiénes quieren ser, y que deberían tener libertad para descubrirlo sin tanta presión. Sin embargo, muchas veces lo que encuentran es un espejo que distorsiona: cuerpos editados, vidas que parecen perfectas y una búsqueda constante de aprobación que puede resultar agotadora incluso para un adulto, y mucho más para alguien que todavía está construyendo su autoestima. Lo preocupante no es solo que lo vean, sino que lo normalicen. Que empiecen a creer que así funciona el mundo y que ellos tienen que funcionar igual.
Y, aun sin leer ningún estudio, mucha gente lo nota en su día a día. Yo misma lo he visto en situaciones cotidianas que me han hecho pensar bastante sobre este tema. En el voluntariado que realizo con niños pequeños, me ha sorprendido escuchar a niños de apenas cinco años hacer referencias a expresiones o tendencias propias de TikTok, como “six seven”. Puede parecer una anécdota sin importancia, pero en realidad muestra algo más profundo: para conocer ese tipo de referencias, de una manera u otra, esos niños han tenido contacto con contenidos que pertenecen a redes sociales pensadas para edades mucho más avanzadas. Lo mismo ocurre en espacios tan normales como el transporte público, donde cada vez es más habitual ver a niños muy pequeños completamente absorbidos por una pantalla, sin mirar apenas a su alrededor. No se trata de juzgar a las familias ni de presentar la tecnología como un enemigo, pero sí de preguntarnos qué lugar está ocupando en la infancia y qué otras experiencias está desplazando.
Esta reflexión también se puede relacionar con lo trabajado en el blog de la asignatura, especialmente con las ideas sobre los desafíos de la tecnología digital. En este tema se plantea que la tecnología no es simplemente una herramienta más, sino una realidad que transforma la organización de los tiempos, los espacios y los roles educativos. También se habla de cómo aprendemos a través de redes, fuentes, canales y conexiones digitales. Precisamente por eso, creo que el problema no está solo en que los niños “usen pantallas”, sino en qué redes están habitando, qué referentes están incorporando y qué tipo de relación están construyendo con el mundo digital. Si la escuela debe enseñar a orientarse en una realidad llena de información, estímulos y conexiones, entonces también tiene que ayudar a los niños a distinguir entre una tecnología que amplía sus posibilidades y otra que puede adelantar etapas, generar dependencia o reducir su capacidad de juego, calma y atención.
Esto no es solo una sensación personal. La American Psychological Association lleva tiempo advirtiendo de que el uso de redes sociales en niños y adolescentes puede relacionarse con problemas como la comparación constante, el sueño alterado o el abandono de hábitos saludables como el ejercicio, y recomienda que haya acompañamiento adulto y límites claros según la edad. En la misma línea, el Surgeon General de Estados Unidos ha dicho públicamente que no se puede afirmar que las redes sociales sean lo suficientemente seguras para menores, porque existen riesgos reales para su salud mental y su bienestar. Son avisos que vienen de instituciones serias y que, sin embargo, todavía no han provocado todos los cambios estructurales que harían falta. Muchas veces se leen, se comparten y después se dejan pasar.
Cuando todo tiene que ser inmediato, cuando el silencio molesta y estar tranquilo parece insuficiente, algo está cambiando en la forma en que la infancia vive el tiempo y la realidad. Merece la pena pararse a pensar qué infancia estamos dejando crecer, porque proteger no es prohibir por prohibir ni meter a los niños en una burbuja. Proteger también es acompañar, poner límites cuando hacen falta, entender que no todo lo que existe está pensado para ellos y aceptar que hay cosas que pueden esperar. Y, sobre todo, es ser honesto con uno mismo como adulto y preguntarse hasta qué punto el ejemplo que damos acompaña lo que decimos.
Sin embargo, la solución no es tan fácil como contar cuántas horas pasan delante de una pantalla. La OCDE señala que lo importante no es solo el tiempo de uso, sino qué hacen los niños durante ese tiempo, cómo lo viven y qué efecto tiene en su bienestar. No es lo mismo usar una pantalla para crear, aprender o hablar con alguien cercano que pasarse horas consumiendo contenido diseñado para no poder parar. La diferencia importa mucho, y quedarse solo en el número de horas es no ver el problema de fondo. UNICEF, por su parte, insiste en que poner restricciones de edad no basta; hacen falta plataformas más seguras, educación digital desde pequeños y adultos que estén de verdad presentes, no solo para vigilar, sino para acompañar. Porque un niño que sabe que puede hablar de lo que ve online con un adulto de confianza está mucho más protegido que uno al que simplemente se le ha quitado el móvil.
Desde el punto de vista educativo, este tema me parece especialmente importante. En los colegios y en las familias se habla mucho de enseñar valores, autoestima, respeto o pensamiento crítico, pero no siempre se tiene en cuenta que hoy todo eso pasa también por aprender a estar en el mundo digital sin que ese mundo se coma la infancia. Cuidar a un niño hoy significa ayudarle a entender que su valor no depende de la aprobación de los demás, que su cara no necesita filtros, que no tiene que parecer mayor para importar y que su vida no tiene que estar expuesta para ser válida. Y eso no se enseña con un discurso puntual ni con una charla de media hora. Se construye poco a poco en casa, en el colegio y en las acciones de cada día. Cuando un adulto apaga la pantalla y está presente. Cuando se habla de lo que se ve en internet sin exagerar ni prohibir. Cuando se deja espacio para el aburrimiento, para el juego sin objetivo y para la conversación de verdad. Son cosas pequeñas, pero acaban pesando mucho.
A veces tengo la sensación de que estamos dejando que los niños vean demasiado pronto cosas para las que todavía no están preparados. No solo contenidos, sino formas de relacionarse, de mostrarse y de compararse. Y me da pena, porque la infancia debería ser una etapa más libre. No perfecta, claro, pero sí más protegida. Con más juego y menos escaparate. Con más presencia real y menos validación constante. Con más tiempo para descubrir quiénes son y menos presión para demostrar algo.
En relación con todo esto, recomendaría la película Eighth Grade, porque muestra muy bien cómo las redes sociales pueden influir en la forma en que una persona joven se mira a sí misma, se compara con los demás y busca sentirse aceptada. Aunque la protagonista ya no es una niña pequeña, la película refleja con mucha sensibilidad esa presión por gustar, encajar y mostrarse constantemente, incluso cuando por dentro hay inseguridad, miedo o soledad. Me parece interesante porque no presenta la tecnología como algo simplemente malo, sino como un espacio que puede amplificar muchas fragilidades propias del crecimiento. Por eso conecta tanto con esta reflexión: porque ayuda a entender que detrás de una pantalla no solo hay entretenimiento, sino también emociones, autoestima y una manera de aprender a estar en el mundo.
Por eso creo que defender la infancia, ahora mismo, es casi un acto de cuidado profundo. Es recordar que un niño no tiene por qué crecer mirando el mundo solo a través de una pantalla ni aprender a quererse desde un filtro. Es entender que hay etapas que merecen ser respetadas. Que no todo tiene que llegar ya. Que no todo tiene que verse. Y que a veces cuidar de verdad consiste en frenar un poco el ritmo del mundo para que ellos puedan seguir siendo eso que todavía son: niños.
Porque al final la pregunta no es solo cuánto usan las pantallas, sino qué les estamos quitando cuando dejamos que ocupen demasiado espacio.
Para terminar, me parece interesante abrir esta reflexión también a otras opiniones, porque seguramente cada persona protegería algo distinto de la infancia según su experiencia.
Si pudieras proteger una sola cosa de la infancia en este mundo de likes, filtros y pantallas, ¿qué sería y por qué? ¡No olvides que te leo siempre!
Carmen 💗
Referencias bibliográficas
American Psychological Association. (2023). Health advisory on social media use in adolescence.
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