LA CONFIANZA COMO BASE DEL APRENDIZAJE



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¿Se puede aprender de verdad en un lugar donde uno no se siente seguro? Probablemente no, o al menos no de la misma manera. Muchas veces pensamos que el aprendizaje depende sobre todo de la atención, del esfuerzo o de cómo se explican los contenidos, pero hay algo que va antes de todo eso y que a veces pasa desapercibido: la confianza. Para aprender de verdad no basta con estar sentado frente a un libro; hace falta sentirse tranquilo, tratado con respeto y saber que equivocarse no te convierte en alguien menos válido.

Si lo pensamos bien, casi todo el mundo recuerda con más cariño a quienes le ayudaron a aprender sin miedo. No siempre eran las más serias ni las que más sabían, sino las que conseguían hacerte sentir capaz. Las que no reaccionaban con impaciencia si no entendías algo a la primera, las que te dejaban preguntar sin hacerte sentir torpe, las que corregían sin humillar. Las que lograban que el error no diera vergüenza, sino que formara parte del proceso. Y ahí hay algo importante: cuando existe confianza, uno se atreve más. Se atreve a participar, a preguntar, a intentarlo, a fallar y a volver a probar. Al final, aprender también tiene mucho que ver con eso.

Vale la pena detenerse un momento en el papel del error, porque creo que es clave. En muchos contextos educativos, equivocarse sigue teniendo una connotación negativa muy fuerte: te lo marcan en rojo, te baja la nota y a veces incluso te miran con cara de decepción. Pero si el error se vive solo como un fracaso y no como una parte normal del proceso, lo más probable es que el alumno deje de arriesgarse. Y un alumno que no se arriesga no está aprendiendo de verdad, simplemente está intentando no fallar. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas, y es por ello que la confianza que se siente en el entorno influye mucho en cuál de esos dos caminos se acaba tomando.

A veces hablamos del aprendizaje como si fuera solo cuestión de contenidos, pero también tiene una parte emocional muy importante. Es difícil que alguien se abra de verdad a aprender si tiene miedo, si está a la defensiva o si piensa que cualquier error lo va a dejar en evidencia. En cambio, cuando una persona siente que está en un espacio seguro, todo cambia: se relaja, participa más y empieza a confiar en lo que es capaz de hacer. No aprendemos mejor solo porque nos expliquen bien las cosas, sino también cuando sentimos que podemos intentarlo sin miedo.

Esta idea, además, no se queda solo en una impresión personal. El estudio Nurturing bonds that empower learning: a systematic review of the significance of teacher-student relationship in education revisó 45 investigaciones y concluyó que las relaciones positivas y de apoyo entre profesorado y alumnado se relacionan con mejores resultados académicos, mayor implicación y menor desvinculación escolar. El trabajo habla de esa relación como una especie de “base segura” desde la que el alumno puede explorar, participar y crecer. Me parece una idea importante, porque resume algo que se ve a menudo en la educación: aprendemos mejor cuando no necesitamos estar protegiéndonos constantemente.

Esto no significa que aprender tenga que ser siempre fácil ni que haya que eliminar la exigencia. Al contrario, la exigencia también es necesaria. Pero exigir y cuidar no son cosas incompatibles. De hecho, muchas veces una persona puede avanzar más precisamente cuando se siente sostenida. Cuando sabe que puede equivocarse sin que eso la defina por completo. Cuando entiende que el error no es una sentencia, sino una señal de que todavía está aprendiendo.

La confianza también está muy relacionada con la imagen que cada persona construye de sí misma. Si alguien siente durante mucho tiempo que no vale, que siempre llega tarde o que nunca hace bien las cosas, acaba interiorizándolo. Por eso me parece tan importante que el aprendizaje no se base únicamente en señalar lo que falta, sino también en transmitir que la mejora es posible. Una palabra dicha a tiempo puede cambiar más de lo que parece. Y también ocurre lo contrario, ya que una burla, una etiqueta o una humillación pequeña pueden dejar una huella que tarda mucho en desaparecer.

En este punto, creo que también se puede relacionar con la educación inclusiva. A veces se habla de inclusión como si fuera solo adaptar tareas o atender necesidades concretas, pero también tiene que ver con cómo se organiza la convivencia dentro del aula. Una clase inclusiva no es únicamente aquella en la que todos están presentes, sino aquella en la que cada persona siente que puede aportar algo y que su forma de participar tiene valor. En la entrada Educación inclusiva: roles y contribución, me parece interesante la idea de los roles dentro del grupo, porque muestra que no todos tienen que contribuir de la misma manera para formar parte del aprendizaje común. Hay alumnos que pueden explicar, otros que pueden ayudar a organizar, otros que pueden escuchar, animar o atreverse a hablar cuando normalmente no lo hacen. Y eso también construye confianza, porque desplaza la mirada de “quién lo hace mejor” a “qué puede aportar cada persona”. Al final, sentirse parte del aula no depende solo de estar físicamente en ella, sino de notar que tu presencia cuenta de alguna forma.

Pensando en todo esto, me viene a la cabeza Freedom Writers. La película, basada en la experiencia real de la profesora Erin Gruwell y en el libro The Freedom Writers Diary, muestra a un grupo de estudiantes marcados por conflictos, etiquetas y situaciones personales muy duras. Lo interesante es que el cambio no surge de una clase perfecta ni de una fórmula mágica, sino del vínculo. La profesora empieza a mirarlos de otra manera: los escucha, les da espacio, confía en que tienen algo que decir y les hace sentir que no están condenados a ser lo que otros esperan de ellos. Una de las partes más significativas es cuando los alumnos empiezan a escribir sus propias historias en un diario. Ese gesto, que puede parecer sencillo, tiene muchísima fuerza, pues darles la palabra, tomarlos en serio y hacerles ver que lo que han vivido también importa. No es solo el contenido académico lo que les mueve, sino sentir que alguien considera que su voz tiene valor. La película refleja muy bien que la confianza no es un adorno del aprendizaje, sino una de las condiciones que lo hacen posible.


En el fondo, todos necesitamos eso, aunque se note más en unas etapas que en otras: saber que podemos equivocarnos sin derrumbarnos, preguntar sin vergüenza y no tener que demostrar constantemente que valemos. Aprender no debería ser una lucha permanente por no fallar, sino un proceso en el que uno pueda crecer sin miedo.

Al final lo que marca la diferencia no es una gran intervención, sino la forma en que se acompaña a alguien mientras aprende. Está en el tono con el que se corrige, en la manera de mirar, en la paciencia, en el tiempo que se da y en cómo se hace sentir al otro cuando todavía no sabe. A veces pensamos que lo más importante es encontrar la mejor explicación, y eso sin duda importa, pero quizá antes hay otra pregunta más esencial: ¿se siente esta persona lo bastante segura como para atreverse a aprender?

Y por último... ¿tú crees que recordamos más lo que nos enseñaron o cómo nos hicieron sentir mientras aprendíamos?

¡Hasta la próxima!

Carmen💗


Referencias bibliográficas

Di Lisio, G., Milá Roa, A., Halty, A., Berástegui, A., Couso Losada, A., & Pitillas, C. (2025). Nurturing bonds that empower learning: A systematic review of the significance of teacher-student relationship in education. Frontiers in Education, 10, Article 1522997.

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